El ladrón de Bagdad (1940)
- Juanmi Retrocinema

- 30 may 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 12 nov 2025
Fantasía épica con efectos revolucionarios

Título: The Thief of Bagdad.
Año: 1940.
País: Reino Unido / Estados Unidos.
Duración: 106 min.
Género: Aventura.
Directores: Michael Powell, Ludwig Berger, Tim Whelan.
Con aportes no acreditados: Alexander Korda, Zoltan Korda.
Reparto: Sabu, Conrad Veidt, John Justin, June Duprez, Rex Ingram, Miles Malleson.
Guion: Lajos Bíró, Miles Malleson.
Música: Miklós Rózsa.
Fotografía: George Périnal.
La historia inicia en un Bagdad de ensueño, suspendido entre la tradición de Las Mil y Una Noches y el artificio del estudio cinematográfico. El Príncipe Ahmad gobierna su ciudad desde un palacio fastuoso, pero lo hace en la sombra de su visir Jaffar, un hombre de mirada fría y sonrisa apenas insinuada. Ahmad cree ser un gobernante amado, pero al salir a las calles por primera vez comprende que su pueblo vive oprimido y temeroso. No sabe que Jaffar ha manipulado cada aspecto de su vida, usurpando silenciosamente el poder y preparando su caída.
Ahmad es arrestado como traidor. En prisión conoce a Abu, un ladrón callejero ágil y risueño cuya astucia ha sido moldeada por la necesidad. Entre ambos nace una amistad inmediata: Abu es movimiento y libertad; Ahmad, calma y sensibilidad; ambos personajes se complementan. Escapan juntos de la mazmorra y se embarcan en una aventura que los llevará a tierras lejanas y peligros más grandes que ellos.
Jaffar, maestro en hechicería, tiene una ambición doble; hacerse con el trono de Bagdad y conquistar a la Princesa de Basora, una joven tan resguardada que su presencia es casi un mito. Ahmad y Abu llegan a su reino y, en un encuentro de cuento, Ahmad y la Princesa se enamoran sin palabras; él la ve como un epígrafe de belleza y humanidad; ella reconoce en él una bondad distinta a la de los comerciantes y príncipes arrogantes que han intentado cortejarla.

Pero Jaffar aparece. Para evitar que la Princesa lo rechace, usa magia para dejar ciego a Ahmad y transformar a Abu en un perro, la maldición se romperá hasta que Jaffar tenga a la Princesa en sus brazos.
Lo que sigue es uno de los viajes más imaginativos del cine clásico. Abu cae al mar y termina en una isla donde descubre una botella que encierra a un Genio gigantesco, de presencia imponente. Tras liberarlo, el Genio intenta matarlo —su liberación debía significar la muerte de quien lo soltó—, pero Abu lo engaña con astucia. El Genio, sorprendido por su inteligencia, jura obedecerlo y le otorga tres deseos.
El viaje continúa hacia un lugar mítico donde un anciano de barba infinita custodia la visión del futuro. Este hombre entrega a Abu una flecha que puede guiarlo hacia todo aquello que ama y un amuleto que puede salvar Bagdad. Cuando Abu regresa, descubre que la Ahmad esta a punto de ser ejecutado por Jaffar.
Entre magia, traiciones, ilusiones, alfombras voladoras, caballos mágicos y batallas invisibles, Jaffar es derrotado y Ahmad recupera su trono y a su amada. La película cierra con una imagen feliz; Abu volando en la alfombra voladora hacia nuevas aventuras, incapaz de vivir dentro de los límites de la corte.

Actuaciones
Abu
Sabu encarna un ideal cinematográfico que ya casi no existe; la figura del héroe ingenuo pero valiente, capaz de moverse entre la comedia física y la aventura épica. Su presencia es magnética. Abu nunca sería lo que es sin la sonrisa abierta, la energía irrefrenable y la naturalidad de Sabu. El actor no interpreta; fluye. Se siente como si realmente perteneciera a ese mundo de maravillas.
Jaffar
Conrad Veidt es el corazón oscuro de la película. Su voz, calculada y profunda, eleva cada frase a un mandato. Sus ojos, afilados y penetrantes, dan vida a un villano que nunca grita, nunca pierde el control. Este Jaffar es la sombra del poder absoluto; elegante, implacable, hipnótico. La película entera se sostiene en el contraste entre la inocencia de Abu y la sofisticación maligna de Jaffar.

Ahmad
Aporta una cualidad de príncipe de cuento ilustrado; nobleza, vulnerabilidad, sensibilidad. Es un protagonista que funciona mejor como contrapunto emocional que como motor de la acción. Su caída, ceguera y recuperación cargan con un simbolismo espiritual que enriquece la historia.
La Princesa
Su actuación parece modelada por pinceladas; silenciosa, contenida, casi pictórica. June Duprez encarna un ideal de belleza y pureza que responde al imaginario visual de Korda. Aunque su personaje no toma decisiones importantes para la trama, es un reflejo de los roles femeninos de la época, su presencia sostiene varios de los momentos más icónicos.
El Genio
Imponente, carismático, físico. Su aparición marca un antes y un después en el cine fantástico. La fuerza de su interpretación reside en su energía corporal; movimientos amplios, tono solemne, mirada intensa. Es un Genio memorable sin necesidad de exageración.

Contexto Histórico
La producción de El ladrón de Bagdad es casi tan fascinante como su historia. Alexander Korda, refugiado húngaro y productor ambicioso, había convertido a Londres en un centro alternativo a Hollywood. La película debía ser su conquista definitiva; un espectáculo en Technicolor que compitiera con The Wizard of Oz y Gone with the Wind.
Pero la Segunda Guerra Mundial lo cambió todo. Mientras los bombardeos caían sobre Londres, el rodaje tuvo que trasladarse a California. Eso provocó múltiples cambios de director, reescrituras apresuradas y ajustes visuales que, paradójicamente, enriquecieron la película.
El Technicolor aquí no es solo color. Es lenguaje:
El rojo de Jaffar simboliza control y deseo expropiado.
Los azules y verdes de la magia representan lo sobrenatural.
Los dorados vibrantes evocan un oriente imaginado, más cercano a la pintura que a la realidad.
Korda y Périnal lograron una imagen tan estilizada que aún hoy parece sacada de un manuscrito iluminado.

Secuencias Legendarias
La salida del Genio de la botella
Una proeza técnica. La combinación de trucos de escala, humo coloreado, actuación física y matte paintings construye un momento más teatral que realista. La transición entre lo pequeño y lo gigantesco aún impresiona.
La ciudad vista desde el palacio
Es uno de los mejores ejemplos del “orientalismo cinematográfico”. No representa Bagdad real, sino un sueño de Bagdad, una fantasía colorida entre miniatura y pintura.
El caballo volador
La representación del movimiento aéreo es fluida a pesar de las limitaciones técnicas. Hay una sensación de libertad que simboliza el viaje espiritual del príncipe.
El encuentro de Ahmad y la Princesa
Un momento contemplativo. La película se detiene, baja el ritmo, y construye un romance silencioso a través de la mirada. Es una de las escenas más puras de la cinta.

La alfombra mágica
El vuelo de Abu sobre Bagdad representa el nacimiento del héroe. Por primera vez, Abu no huye; avanza. El Technicolor convierte el cielo en un manto vivo.
La derrota final de Jaffar
Jaffar no muere en un estallido, sino en una evaporación poética. Su caída es teatral, como si se desvaneciera la sombra que cubría la ciudad.
Influencia
La película influenció:
La estética de Disney en Aladdin (1992) y The Little Mermaid.
El cine de aventuras de Spielberg y la fantasía de George Lucas.
La obra de Ray Harryhausen, especialmente Jason and the Argonauts.
Videojuegos como Prince of Persia.
El uso del color como expresión narrativa en el cine.
Su mezcla de ilusión teatral, efectos prácticos y color exaltado sigue siendo un referente en escuelas de cine.
Datos Curiosos
El guion se reescribió más de 10 veces. Algunas escenas se filmaron dentro de refugios antibombas.
El Genio debía ser un personaje menor, pero la actuación de Ingram cambió toda la concepción del rol.
El vestuario de Jaffar se convirtió en una referencia estética para décadas futuras.
Premios y Nominaciones
Óscar a Mejores Efectos Especiales
Óscar a Mejor Fotografía en Color
Óscar a Mejor Dirección Artística
Nominada a Mejor Música

Dónde verla
Copias restauradas en Amazon Prime, YouTube, Blu-ray (Criterion y Kino Lorber).
Conclusión
El ladrón de Bagdad no es solo una fantasía; es el triunfo del cine como fábrica de maravillas. Se siente artesanal, soñada, pulida por manos humanas. Es un puente entre teatro, literatura persa, pintura y cine. Un canto a la imaginación que sobrevive a su época.
La magia de esta película está en su capacidad para convencer al espectador de que, por unos minutos, lo imposible es natural.
“Master, I obey!” — El Genio








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