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Macario (México, 1960)

Muerte, hambre y milagros: una fábula oscura del Día de Muertos.

En el corazón del México virreinal, en una aldea de profundas carencias materiales y espirituales, vive Macario, un leñador humilde que pasa sus días cortando leña para los ricos mientras apenas puede alimentar a su numerosa familia. Día tras día, Macario reprime un deseo profundamente humano: comer un guajolote entero, sin tener que compartirlo. No es glotonería, sino la fantasía de experimentar, al menos una vez, una plenitud individual en un mundo de carencias.


Su esposa, movida por el amor y la compasión, logra robar un guajolote y se lo cocina en secreto. Macario se adentra en el bosque para disfrutarlo en soledad, pero es interrumpido por tres figuras simbólicas que encarnan fuerzas universales: el Diablo, que le ofrece riquezas; Dios, que le suplica en nombre de la caridad; y finalmente la Muerte, quien no le promete nada, solo le pide compartir. Macario accede únicamente a esta última, y como recompensa, la Muerte le entrega un frasco de agua mágica con el que podrá curar enfermedades… pero bajo una condición: si ella está al pie de la cama del enfermo, no hay nada que hacer.

Macario se convierte en una figura prodigiosa. Gana dinero, fama y respeto, pero también la sospecha de las autoridades religiosas y civiles. Su don parece desafiar las leyes divinas y humanas. El momento crítico llega cuando el hijo del virrey enferma y la Muerte está presente en su lecho. Macario, tentado por la posibilidad de engañar al destino, intenta salvarlo. El castigo es inmediato, lo arrestan por herejía y brujería.


En su desesperación, Macario escapa y se encuentra nuevamente con la Muerte, quien lo guía a una caverna llena de velas titilantes, cada una representando una vida humana. Macario presencia cómo la suya se consume irremediablemente. Implora más tiempo, pero no hay negociación posible. La última imagen es de su cuerpo inerte junto al guajolote intacto: nunca lo comió. Todo lo vivido parece haber sido una visión entre el hambre y la muerte, una revelación metafísica en el umbral de la conciencia.

Contexto histórico


Macario se estrenó en 1960, una década crucial para el cine mexicano de posguerra, que intentaba reinventarse tras el fin de la llamada Época de Oro. En ese momento, las producciones locales buscaban salir de los esquemas melodramáticos y folclóricos para explorar narrativas más complejas y simbólicas. Roberto Gavaldón, uno de los directores más serios y estilizados de su tiempo, adaptó un cuento del enigmático autor B. Traven, conocido por su crítica al poder, su sensibilidad hacia los marginados y su resistencia al reconocimiento público.


La adaptación trasladó con acierto el relato original de la Alemania medieval al México virreinal, fusionando elementos del realismo mágico, la cosmovisión indígena, el catolicismo popular y una estética de corte expresionista. En una época marcada por el conflicto entre tradición y modernidad, Macario sirvió como puente entre la narrativa popular y el arte cinematográfico de altura, ganándose el reconocimiento internacional.

Fue también la primera película mexicana nominada al Óscar a Mejor Película Extranjera, lo cual marcó un antes y un después en la historia del cine nacional, junto con su selección en el Festival de Cannes. Este reconocimiento puso a México en el mapa del cine de autor a nivel global.


Influencia


Macario se convirtió en un referente clave del cine fantástico latinoamericano. Su influencia puede rastrearse en la forma en que futuros realizadores —especialmente Guillermo del Toro— han incorporado lo sobrenatural como parte de la vida cotidiana, sin necesidad de efectos especiales estruendosos. El filme propone una espiritualidad terrenal, donde lo divino, lo diabólico y lo mortal coexisten en los caminos del bosque o en las sombras de una choza.

La estética del Día de Muertos moderno, ahora globalizada, toma prestado mucho del lenguaje visual de Macario, la personificación de la Muerte como figura sobria pero empática; el uso del fuego como símbolo de la vida; la presencia del guajolote como alimento ritual; y la idea del destino individual como algo escrito en la llama de una vela.


Además, Macario anticipa muchas inquietudes contemporáneas: la desigualdad social, la incomunicación con lo sagrado, el papel del individuo frente a estructuras de poder, y la lucha por encontrar un momento de paz en medio del caos existencial.


Secuencias legendarias


  • El encuentro con los tres entes en el bosque: Esta escena, con planos largos, composiciones simétricas y un uso expresivo del silencio, funciona como una alegoría teológica. El Diablo representa la tentación, Dios la compasión, y la Muerte el equilibrio inevitable. La decisión de Macario define su destino y el tono de toda la película.

  • El ascenso del curandero: A través de un montaje elegante y contenido, se narra cómo Macario pasa de marginado a figura legendaria. Pero su fama no trae libertad, sino sospecha, lo que refleja la eterna desconfianza hacia quien rompe con el orden establecido.

  • La caverna de las velas: Tal vez la imagen más memorable del cine mexicano. Las velas ardiendo sobre charcos oscuros representan vidas humanas frágiles y condenadas. La cámara recorre ese espacio con una solemnidad casi litúrgica. Allí, el destino de Macario se revela con brutal poesía.

  • El regreso al guajolote: En el final, la imagen del cuerpo muerto de Macario junto al ave cocida, intacta, encapsula todo el mensaje de la película: el deseo que nunca se cumple, el hambre como símbolo del alma, y la muerte como consuelo definitivo.


Datos curiosos


  • Enrique Lucero, actor que interpretó a la Muerte, fue elegido por su rostro sereno y su mirada penetrante. Su actuación minimalista lo convirtió en uno de los íconos visuales del cine mexicano, comparado incluso con las personificaciones de la Muerte en películas de Bergman.

  • El rodaje se llevó a cabo en locaciones naturales de Hidalgo, lo que dio a la película un aire verídico, rural y atemporal. La fotografía en blanco y negro, a cargo de Gabriel Figueroa, elevó la atmósfera con claroscuros dramáticos y un lenguaje visual heredado del expresionismo alemán.

  • La historia original es de B. Traven, autor de vida misteriosa —algunos dicen que era un exiliado alemán, otros que era un seudónimo colectivo—, cuya obra refleja una profunda preocupación por la dignidad del ser humano frente a las estructuras de poder.

  • El uso del guajolote como símbolo central conecta con tradiciones mesoamericanas, en las que el pavo era un animal sagrado vinculado con el sacrificio y la transición entre mundos.


¿Dónde verla?


Actualmente, Macario puede verse en YouTube en una versión restaurada (calidad variable, pero accesible). También está disponible en FilminLatino, la plataforma del IMCINE, así como en DVD y Blu-ray editados por la Cineteca Nacional y otros distribuidores especializados en cine clásico mexicano. Algunas versiones incluyen subtítulos en inglés o entrevistas con expertos en cine mexicano. También es proyectada ocasionalmente en retrospectivas del cine de autor.


Conclusión


Macario es una de las grandes obras del cine latinoamericano: una fábula sombría y luminosa a la vez, donde el deseo, la pobreza, la fe y el destino se entrelazan con una profundidad que trasciende culturas. Es una película que obliga al espectador a confrontar sus propias angustias vitales, sus renuncias, sus pequeñas esperanzas. En la figura de Macario habita todo ser humano que alguna vez quiso algo intensamente… y tuvo que enfrentar a la muerte antes de lograrlo.


Una historia sencilla, profundamente mexicana, pero de eco universal, que permanece vigente por su lirismo, su crítica velada al poder y su visión del alma como algo hecho de hambre, fuego y resignación.


“La vida es una vela, Macario. Y la tuya, ya se apaga.”

— La Muerte


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