L'homme qui rit (Francia, 1928)
- Juanmi Retrocinema

- 2 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 jul 2025
Rostro trágico, alma rota: el horror romántico del cine mudo.

En la Inglaterra monárquica del siglo XVII, el joven Gwynplaine es víctima de una brutal venganza política. Su padre, Lord Clancharlie, se ha enfrentado al poder real y es ejecutado por traición. Para asegurarse de que su linaje jamás reclame ningún derecho, los comprachicos —una banda de traficantes y deformadores de niños— le desfiguran el rostro al niño, tallándole una sonrisa permanente que lo convierte en una burla viviente. Abandonado en medio de una tormenta de nieve, Gwynplaine tropieza con el cuerpo congelado de una mujer muerta y escucha el llanto de un bebé. Así conoce a Dea, una niña ciega, a la que rescata. Juntos son acogidos por Ursus, un filósofo ambulante que vive con su lobo Homo en una carreta-teatro.
Años después, los tres forman una pequeña familia y sobreviven actuando en ferias. Gwynplaine se convierte en una atracción gracias a su aspecto grotesco, mientras Dea, sin saber cómo luce él, lo ama con devoción por su dulzura y humanidad. El amor entre ellos es puro, silencioso, inquebrantable.
El destino cambia cuando Gwynplaine descubre su verdadera identidad y es convocado por la corte. Allí conoce a la duquesa Josiana, una mujer libertina fascinada por lo extraño, que lo desea precisamente por su deformidad. Gwynplaine rechaza sus avances, pero termina siendo forzado a ocupar un asiento en la Cámara de los Lores, como heredero legítimo. Su intento por hablar en nombre de los marginados es objeto de burla. Los nobles lo ridiculizan, reafirman su desprecio por los “monstruos” y lo expulsan simbólicamente de su linaje.

Desesperado, Gwynplaine huye del Parlamento, regresa con Ursus y Dea justo cuando están a punto de partir sin él. Pero Dea, debilitada y moribunda, no soporta la espera ni la angustia. Gwynplaine la toma en brazos, la lleva consigo en una barca hacia la niebla. En el plano final, los dos amantes se pierden juntos en la oscuridad del mar, como un réquiem sin palabras para dos almas que nunca fueron aceptadas por el mundo.
Contexto histórico
La película fue realizada por Paul Leni, un cineasta alemán que emigró a Hollywood y trajo consigo la sensibilidad del expresionismo alemán, un estilo caracterizado por el uso de sombras angulosas, decorados distorsionados y composiciones teatrales. Después del éxito de The Cat and the Canary (1927), Universal Pictures le confió esta adaptación de Victor Hugo como parte de su estrategia para posicionarse como el estudio del horror.
Estrenada en 1928, justo antes de la consolidación del cine sonoro, El hombre que ríe representa el clímax artístico del cine mudo. Su narrativa trágica, su estilización visual y la potencia de su protagonista lo colocan como un puente entre el melodrama romántico del siglo XIX y la estética del horror del siglo XX.

Cabe destacar que el público de la época ya reconocía a Conrad Veidt, quien había interpretado al sonámbulo Cesare en El gabinete del Dr. Caligari (1920). Aquí vuelve a explorar el tema del cuerpo como prisión, pero con una profundidad emocional inédita.
Influencia
El hombre que ríe ha dejado una huella profunda en la cultura visual moderna. Su protagonista inspiró directamente la creación del Joker de los cómics de Batman, la sonrisa fija, el maquillaje, la dualidad entre lo cómico y lo trágico. Pero más allá de eso, Gwynplaine representa el primer “monstruo” cinematográfico que no es malvado, sino víctima. Esta empatía con lo deforme precede a personajes como el monstruo de Frankenstein (1931), el Fantasma de la Ópera o incluso Edward Scissorhands.
El lenguaje visual de la película —con sus interiores góticos, sombras teatrales y rostros dramáticos— influenció tanto al cine de horror como al noir estadounidense, y puede rastrearse incluso en obras contemporáneas como The Elephant Man (1980) o Joker (2019).
Secuencias legendarias
El rescate en la nieve: Gwynplaine, niño desfigurado, encuentra a Dea, recién nacida, bajo el cuerpo de su madre muerta. La escena es muda pero profundamente conmovedora.
La risa como tragedia: Cada vez que Gwynplaine ríe en el escenario, el público se burla... pero el espectador sabe que esa risa no es suya, sino una máscara tallada en carne.
El discurso en el Parlamento: Una escena cargada de simbolismo donde el protagonista denuncia la hipocresía de la nobleza. Pero nadie lo escucha. Lo ven, se burlan, lo silencian.
La barca final: Gwynplaine y Dea, abrazados, se pierden en la niebla. No hay diálogo, sólo una expresión de amor que resiste incluso la muerte.

Datos curiosos
La prótesis facial que usó Conrad Veidt fue tan dolorosa que no podía hablar con normalidad durante el rodaje. Aun así, su actuación es una de las más memorables del cine silente.
El maquillaje fue obra de Jack Pierce, quien luego diseñaría el icónico rostro de Frankenstein interpretado por Boris Karloff.
La película no adapta fielmente la novela de Victor Hugo. El final es distinto, en el libro, Gwynplaine se suicida. En la película, se opta por un final romántico y melancólico.
El estudio consideró inicialmente a Lon Chaney para el papel, pero su contrato con MGM lo impidió. Fue una bendición disfrazada, Veidt aportó una dimensión trágica que pocos actores habrían logrado.

Dónde verla
Puede encontrarse restaurada en ediciones en Blu-ray por Kino Lorber o Eureka!. También hay versiones completas disponibles en YouTube, algunas con la partitura original. Plataformas especializadas como Criterion Channel o MUBI la incluyen ocasionalmente en su catálogo.
Conclusión
El hombre que ríe es mucho más que una historia sobre un rostro deformado, es una elegía visual sobre el rechazo, el amor y la humanidad oculta tras la apariencia. Paul Leni filma con una sensibilidad estética inigualable, y Conrad Veidt entrega una actuación que sigue resonando un siglo después. Gwynplaine no ríe porque quiera. Su rostro es un espejo de un mundo cruel que sólo sabe reír de la desgracia ajena.
Este filme no sólo debe verse, debe sentirse. Es una pieza de arte dolorosa, sublime, y profundamente humana.
“Aunque mi rostro sonría, mi alma no deja de llorar.”
— Gwynplaine







Comentarios