El Golpe (Estados Unidos 1973)
- Luis Esperanza

- 29 may
- 5 min de lectura
Tras la cascada de estrenos que llegan a las distintas plataformas de entretenimiento, Netflix, uno de los servicios de streaming más populares, se dio el gusto de sumar a su catálogo una joya imprescindible de los años setenta: El Golpe, de George Roy Hill. Con las actuaciones de Paul Newman y Robert Redford, y el gran Robert Shaw como parte de un reparto notable, la película conserva un encanto atemporal y nos transporta al Chicago de los años treinta, con toda la picardía, el ritmo y la elegancia de una historia que sigue funcionando como la primera vez.
En pleno apogeo del llamado Nuevo Cine Americano, cuando cineastas como Scorsese, Coppola, Towne, Lucas, Bogdanovich y Spielberg, entre otros, irrumpían en Hollywood con una estética más realista, rebelde y, en muchos casos, transgresora, George Roy Hill venía de otro lugar y de una tradición anterior. Aun así, fue él quien entregó su película más reconocida y probablemente la más lograda apenas un año después del impacto de "El Padrino".

¿Y de qué va? Desde el arranque, la película deja poco espacio para la especulación: el primer hombre en escena recibe un paquete crucial del correo de la mafia. Su encargo es simple y quizá peligroso: trasladar dinero mal habido de un punto a otro. Pero, poco después, presencia cómo un hombre afroamericano parece ser víctima de un asalto, mientras un rubio carismático interviene para auxiliarlo.
El herido resulta ser Luther Coleman (Roy Earl Jones), desesperado por completar su entrega y evitar caer en manos de una pandilla. Entre los tres acuerdan terminar el trabajo, y todo se presenta como una cadena de buenas intenciones: cada quien con su misión, cada quien en lo suyo. Hasta que el dinero termina en manos del encantador Johnny Hooker (Robert Redford), supuestamente para “guardarlo” y explicar cómo manejar el botín de ambos encargos.
Y entonces llega el golpe real: nuestro primer hombre, ya en un taxi y con gesto de triunfo por haber ganado dinero sin esfuerzo, descubre para su mala suerte que acaba de ser estafado. Coleman y Hooker no eran víctimas ni salvadores, sino un par de timadores que se quedan con los 11 mil dólares que abrieron la historia. A partir de ahí, esa jugada inicial desata una cadena de consecuencias que empujará la trama hasta su desenlace.
Tras repartirse el botín, Coleman y Hooker toman caminos distintos. El mayor de los dos decide retirarse del mundo del engaño: admite que los años pesan y que, con ese último golpe, por fin puede aspirar a una vida tranquila, lejos de estafas y sobresaltos. Hooker, en cambio, aunque es talentoso dentro del oficio, sigue siendo un timador impulsivo, de esos que no siempre miden las consecuencias, sobre todo cuando el dinero se le escurre entre los dedos con la misma facilidad con la que llega.

La trama sube de tono cuando Doyle Lonnegan (Robert Shaw), banquero y jefe mafioso, decide cobrarse la afrenta por el dinero que Coleman y Hooker le arrebataron. A partir de ahí, la maquinaria corrupta que lo respalda se pone en marcha para dar con ellos y ajustar cuentas. Solo uno logra escapar: Coleman jamás alcanza a instalarse en la vida tranquila que imaginaba, mientras Hooker queda marcado y obligado a huir a toda costa, antes de convertirse en presa o sucumbir ante quienes ya lo buscan para verlo caer.
Luego de salvar el pellejo, Hooker acude a un viejo amigo de su colega Coleman; se trata de Henry Gondorff (Paul Newman), un hombre no tan mayor que Coleman, pero sí con más experiencia en el mundo de los estafadores que nuestro ya conocido Hooker. La nueva encomienda, vengar la muerte de su amigo Coleman a manos del mal encarado y mafioso Doyle Lonnegan.
¿Y qué mejor forma? Hooker y Gondorff empiezan a tejer una estafa monumental, construida a base de identidades falsas, escenarios cuidadosamente montados y una coreografía de mentiras donde cada detalle cuenta. Roy Hill nos arrastra por un mundo en el que la virtud del timador no está en improvisar, sino en equivocarse lo menos posible: porque, en este juego, el engaño más perfecto es el que parece inevitable.

Una vez planificada el gran golpe, la maquinaría del engaño entra en marcha, ya que tanto Gondorff y Hooker reúnen a una serie hombres y personajes del engaño para timar y así intentar consumar su venganza contra el jefe de la mafia. Todo comienza con un viaje en estación de tren, siendo una partida de póker la escena perfecta donde vemos a dos maestros de la trampa; todo un duelo de actuaciones entre Paul Newman y Robert Shaw, siendo Robert Redford el anzuelo perfecto de lo que estaría por venir.
No se puede pasar por alto el trabajo de guion de David S. Ward, quien hilvana con notable coherencia el desarrollo de los personajes. La historia combina claroscuros y un humor muy particular que termina por darle un encanto especial a una cinta que supera apenas las dos horas. A ello se suma una selección musical sumamente efectiva para ambientar la época, en especial el tema de apertura, “The Entertainer”, de Scott Joplin.

Una vez montado el teatro del engaño, resulta fascinante ver cómo cada pieza se acomoda en su lugar mientras ambos bandos intentan saldar cuentas pendientes. En medio de esa tensión, Hooker es quien logra seducir a Doyle Lonnegan con la promesa de dinero fácil: apuestas en carreras de caballos respaldadas por un supuesto contacto capaz de entregar los resultados antes de que se cierren las jugadas.
Así pues, como toda buena película de criminales, la historia se sitúa en el Chicago de los años 30, en la resaca de la Gran Depresión y bajo la sombra de la Ley Seca: un caldo de cultivo perfecto para que prosperen el contrabando, la corrupción y los ajustes de cuentas. Es un escenario que el cine y la televisión han recreado una y otra vez, sí, pero aquí funciona como algo más que un simple telón de fondo: es el pretexto ideal para una historia que sabe exactamente qué quiere contar.

Mientras todas las piezas avanzan y los hilos se tensan en este teatro del engaño con villanos y no tan villanos a punto de cobrarse viejas deudas, la historia se abre en nuevos rumbos y escenarios donde la traición parece, por momentos, la única salida. Pero ahí está Gondorff (Paul Newman): jefe de transmisión de las apuestas, arquitecto del montaje y, sobre todo, mente maestra, deja en claro que siempre va un paso adelante, incluso de lo que el espectador cree haber adivinado. Y cuando llega el desenlace, Roy Hill remata con un final impecable e inesperado: el verdadero gran golpe ocurre justo cuando el de enfrente ni siquiera alcanza a sospechar que, desde el principio, ya estaba siendo timado.



Excelentes películas para disfrutar 👍